La ley de la adaptación al medio

John Corcoran era un joven exitoso. Excelente deportista, poseedor de grandes habilidades sociales, carismático, atractivo, alto, rubio, cachas.

Entró en la universidad con una beca completa de atletismo. Al cabo de un tiempo se graduó y comenzó a trabajar como profesor. Enseñó mecanografía, estudios sociales y deportes durante diecisiete años, alcanzando así el objetivo que sus padres le habían marcado. “Serás un ganador”, le habían dicho. Y en eso, en un ganador, se había convertido.

Un nuevo gran sueño americano cumplido. El engranaje rodaba perfectamente engrasado. John Corcoran era un hombre hecho a sí mismo, gracias a su esfuerzo y voluntad se había ganado el respeto y la aprobación de las gentes respetables.

Diecisiete años después de su graduación John Corcoran, carcomido por el remordimiento, confesó que su vida era un fraude. No sabía leer. Desde su infancia había conseguido ocultar aquella carencia, que lo avergonzaba, valiéndose de los más diversos engaños. Así había continuado, mentira tras mentira, durante más de cuarenta años, hasta que su conciencia decidió detener aquella bola de nieve que cada día era más grande y más pesada.

En un acto de dignidad, a los cuarenta y siete años, John Corcoran se inscribió en un curso de alfabetización para adultos.

¿Quién podría reprocharle nada? Lo único que hizo fue adaptarse, como mejor pudo, a las reglas de esta sociedad que te obliga a elegir entre ser ganador o ser ganado.

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