El horror que ocultaban sus rostros

Desde 1770 católicos y judíos convivían en relativa armonía en la pequeña localidad polaca de Jedwabne.

El 10 de Julio de 1941 una turba de vecinos católicos ataviados con cuchillos, hachas, palos y azadas fueron, casa a casa, deteniendo a los hebreos para llevarlos a la plaza del pueblo. Una vez allí los acusaron de conspirar con el comunismo y asesinaron a sus líderes a golpes de apero. A los demás los encerraron en un granero y le prendieron fuego. Algunos vecinos se apostaron en la puerta para impedir que nadie escapase de la quema, al que lo intentaba le rebanaban el cuello. Cuando las llamas envolvieron la construcción arrojaron a niños y ancianos al fuego, provocándoles un muerte más atroz, si cabe, que la de aquellos que adentro murieron por asfixia.

Cuando todo hubo acabado los asesinos se repartieron las propiedades de los muertos, incluso las joyas que adornaban los cuerpos calcinados, y juraron no hablar de lo que había ocurrido.

Mil seiscientas personas fueron brutalmente asesinadas aquel 10 de Julio por las mismas familias con la que habían convivido durante los anteriores ciento setenta años.

Aunque más tarde se supo la verdad nunca nadie pagó por ello.

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