La muerte de Prometeo

Donald Rusk Currey sospechaba que el árbol conocido como Prometeo era el ser vivo más viejo del mundo. Después de varios e infructuosos intentos de determinar su edad por medio de picas, brocas y berbiquíes, decidió que, por más lástima que le diese, no había otra opción que diseccionarlo para saber cuantas añadas formaban su tronco. Así, serrucho en mano, el seis de agosto de 1964, con permiso del Servicio Forestal de los Estados Unidos, Donald Rusk Currey comenzó a dar cuenta de aquel madero retorcido.

Lo hizo con delicadeza, evitando zigzagues indeseados, no fuese que por mucho apurar dejase esquirlas o astillas que dificultasen o hiciesen imposible el conteo y diesen al traste con la investigación. Al fin y al cabo aquel árbol que estaba pasando a cuchillo había estado allí plantado, como mínimo, los últimos cuatro mil años. Difícilmente emergería sus raíces de aquel suelo que había empezado a hoyar cuando aún no habían pirámides en Egipto ni megalitos en Stonehenge, para trasladarse a otro lugar donde no llegasen los dientes de su serrucho.

Cuando la copa hubo caído al suelo Donald Rusk Currey comenzó a contar los anillos con la diligencia de un probo funcionario del registro mercantil. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… así hasta cuatro mil ochocientos cuarenta y cuatro. Una vez rematado el escrutinio Donald Rusk Currey se sintió satisfecho. No era para menos, al fin y al cabo él tenía razón. Prometeo había sido, precisamente hasta aquel seis de agosto de 1964, el ser vivo no clonado más longevo del planeta.

(Imagen. Eugène Brunet. Prometeo encadenado)

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